Descripción del proyecto

Parir en casa era mi opción, siempre me lo había imaginado así, por una cuestión de intimidad y de seguridad. Mi deseo no se fundamentaba ni en estadísticas, ni en riesgos, ni siquiera se puede decir que estuviera informada. Simplemente era el lugar donde me gustaría estar en ese momento tan vital. Y además necesitaba que mi pareja estuviera acompañándome. Era una decisión individual y muy íntima, lejos de obligaciones y expectativas, llena de dudas y algún que otro miedo.

A falta de ese pequeño detalle, ya sólo nos quedaba encontrar a una matrona. Fue una búsqueda intensa y sin buenos resultados al principio, hasta que nuestras pesquisas nos llevaron a contactar con una matrona de Lleida que nos invitó a hablar con Laura. Recuerdo perfectamente sus palabras de ánimo “Si lo que quieres es dar a luz en casa, lo harás, encontrarás la matrona”. Veinte minutos más tarde, una amiga también me pasó el contacto de Laura. Estábamos en la semana 37 de gestación. No sobraba mucho tiempo.

Quedamos un par de días antes del puente de la inmaculada, en su casa. Sin tapujos nos preguntó si estábamos seguros de querer dar a luz en casa. Por nuestra parte nos bastaban las referencias que nos habían dado, matrona por vocación, que por si fuera poco estaba bien complementada con una amplia experiencia, desde Londres a Perú. Me gustó saber que había estado aprendiendo de parteras de sus remedios naturales, de su manera de hacer las cosas… Otro punto de vista más, una visión global…

Los días del puente reflexionamos una vez más si era nuestro deseo parir en casa. Sí, claro que lo deseábamos. Y así se lo transmitimos a Laura. Volvimos a quedar y nos empezamos a traer parte del material a casa: la piscina.

En el siguiente encuentro nos trajo el resto del material, nos lo mostró, nos explicó para que se usaba el instrumental, en que situaciones y continuamos hablando del parto de nuestras madres, de nosotros, de nuestro parto, dónde se concentraría el dolor, cómo respirar… Cuando Laura se fue ese día de casa, sabíamos cómo era un parto, cómo podría ser nuestro parto. Cada vez estábamos más tranquilos. Aún así había que preparar un plan b por si había alguna complicación. Y dejar todo listo en casa: desde toallas a miel.

Algo me despertó la madrugada del viernes 19 de diciembre a la 1:45 am. Me volví a dormir. Quince minutos más tarde me volvió a despertar. Una hora después desperté a mi pareja “tengo contracciones cada 15 min, duerme”. El nacimiento estaba cerca. Hasta las 4:30 am intenté dormir todo lo que podía entre contracción y contracción. Llamé a Laura y me respondió: “te siento tranquila”. Lo estaba. Sabía que las contracciones empezaban y terminaban, que tenía que estar relajada, dejar que la contracción viniera y se fuera, y que mi herramienta para conseguirlo era la respiración. Laura apareció más tarde. Con ella vino otra Laura, algo más que una “aprendiza de doula”, tal como habíamos quedado. Aunque he de confesar que no fui muy consciente de sus llegadas. Y eso es justo lo que buscaba en un acompañamiento “estar siendo invisible”.

También quisimos que nos acompañara Conchi, médico y doula. La primera vez que nos vimos fue el día del parto. Por circunstancias varias, habíamos quedado al día siguiente, el sábado. Para mí era importante que nos acompañara una doula, no sólo para estar atenta a mis necesidades, si no también y quizás más importante, para acompañar a mi pareja. Era consciente que durante el parto mi cuerpo y mente iban a estar concentrados en ese momento vital, que no podría dedicarme a otra cosa y que quizás entre tanta intensidad, mi pareja pudiera sentirse desorientada, no saber qué hacer, o tener la duda de si lo que estaba haciendo era lo que había que hacer… en definitiva, todas esas dudas y miedos que se hicieron presentes en la decisión de dónde parir. Y creo que no sólo consiguieron acompañar a mi pareja, sino que le dieron la certeza de que lo que hacía era lo que había que hacer y la seguridad de que estaba donde tenía que estar: conmigo.

Tal vez todo esto ayudó a que el ambiente del parto además de íntimo fuera relajado, distendido y hasta divertido. Recuerdo risas entre contracción y contracción. Situaciones que nos rompían en carcajadas. Quizás la más latosa fue no haber probado la piscina, nuestra tarea para ese viernes. Tenía una fuga. Y eso condicionó que una fregona estuviera presente en todo momento. Ni siquiera de esto me enteré. O aquella en la que, cuando se entera Laura que no habíamos avisado a los vecinos del acontecimiento, dice toda seria a las doulas “si llaman los vecinos o la policía a la puerta asustados por los gritos…” a lo que mi pareja añadió “no llamarán, no funciona el timbre”. Ese viernes íbamos a hacer varias de las tareas pendientes, pero no llegamos a tiempo. Incluida hinchar la piscina. Cuando empezaron las contracciones a las dos de la madrugada mi pareja se puso a hinchar la piscina con una bomba de aire eléctrica, pero lo dejó porque hacía mucho ruido, y entre contracción y contracción la hinchaba con la bomba manual.

Tuve un parto sin interferencias, sin interrupciones, en la máxima intimidad y respeto. Laura me invitaba a probar la piscina, salir…siempre desde esa visión de no interferir salvo lo imprescindible, de respetar que mi parto fluyera como tenía que hacer “yo voy a estar para coger al bebe cuando nazca y ponértelo, aunque toda mujer está preparada para recibirlo ella”. Recuerdo que me pidió permiso para hacerme un tacto y comprobó que estaba dilatada por completo. No me enteré. Me preguntaba qué me apetecía tomar, miel, zumo, fruta… necesitaba energía, miel, cucharadas de miel, zumo, fruta…todo era bien recibido, aunque hasta comer me suponía un esfuerzo. Es increíble, no era consciente de la energía que es necesaria aportar para dar a luz a un hijo, supongo que por eso mi cuerpo, en esa cena antes del parto tenía un apetito voraz.

Antes de hacer cualquier intervención, Laura me pedía permiso y me explicaba qué iba a hacer. La preparación al parto me ayudó a visualizar lo que estaba viviendo, cómo se estaba moviendo aquella vida dentro de mí, cómo salía. Seguía tranquila, confiaba. El vínculo era muy fuerte. Pensaba que mi cuerpo se adaptaba para que ese nacimiento tuviera lugar, pero el gran esfuerzo lo tenía que hacer el bebé. Hasta ahora en un estado de calma, sin frio ni calor, sin hambre, en un ambiente de paz. Y de repente algo estaba cambiando ahí dentro, todas sus referencias cambian. Las contracciones que yo sentía, el bebé también. Tenía que avanzar por esas estrecheces, encajarse, girar, salir…presiones que antes no tenía. Pensaba en hacerle las cosas fáciles, en respirar y en no estar tensa. Le sentí moverse, encajarse, escalón tras escalón. Una vez Laura me dijo “voy a tomar sus constantes vitales”, “está bien, se está moviendo”. Lo notaba tan claro como si estuviera viéndolo. Y alucinante también me pareció cuando antes de salir, Laura me dijo “en este empujón vas a tener muchísimas ganas de empujar, intenta no hacerlo”. Y salió.

Lo puso en mi vientre y trepo hasta mi pecho. Sentirle, olerle, verle. Con esos ojos tan abiertos, con la cabeza en alto, moviéndose a un lado a otro, a trompicones, picoteando a la búsqueda de mi pecho. Me pareció lo mas hermoso que había visto. Y en ese instante decidimos llamarle Bastian. Aún ahora me sigue pareciendo sorprendente. Cómo se abre paso la vida. Eran las 3:24 pm.

Tenía que salir la placenta. En esos momentos me parecía lo mas difícil del parto, en algún sitio había oído que era “un placer”, pero estaba agotada. Tardaba demasiado.Salio con una pequeña ayuda… era bastante grande y al final sí que resultó ser un placer.

Después de un receso, Laura me exploró y cosió. Eran mis primeros puntos. No me dieron problemas a posteriori.