Las noticias aparecidas en los medios de comunicación, haciéndose eco de la muerte de un bebé  en un parto, me han  animado a ponerme en contacto contigo para expresar mi experiencia al respecto.

 

Lo primero sería transmitir el sentimiento de tristeza que nos produce el fallecimiento de ese bebé y nuestro más sentido pésame para esa familia que esperaba este nacimiento. Es difícil decir  muchas palabras, lo mejor es ofrecer nuestra simpatía y dar muchos ánimos para vivir estos momentos de tristeza y dolor, pero siempre con la mirada puesta hacia todo lo positivo que hay cada día.

 

Hace más de 30 años tomé junto a mi marido la decisión de que mis hijos naciesen en nuestra casa. Simplemente porque me parecía que sería lo mejor para todos.  Dar a luz es un proceso natural para el que estamos fisiológicamente preparadas y condicionadas, nunca una enfermedad.

 

Pasé todos los controles que estimaron oportunos los ginecólogos que me visitaban y los embarazos se desarrollaron de forma normal, llegando a término con un niño en mi primer parto y una niña en el segundo.  Estaban sanos y perfectos, su colocación era normal y no había nada especial que temer.  Vivía cerca de un centro hospitalario y tomé todas las medidas oportunas para que ese nacimiento se produjese en condiciones óptimas.

 

En el primer parto me acompañó una matrona y en el segundo también, junto con mi marido que es médico.

 

Con el apoyo y respeto de las personas que estuvieron con nosotros pude recibir a estos bebés como se merecían, con todo el amor y la paz que sentía en aquellos momentos, que hasta la fecha presente son dos de los momentos más felices, plenos y amorosos que he podido vivir. Su recuerdo me reconforta en los momentos difíciles y forman parte importante de mi bagaje vital.

 

La primera vez y unas horas antes de que naciese mi hijo, pude asistir al comienzo del parto de una amiga, que era atendido por la misma matrona que yo había contratado y que casualmente coincidió en la misma fecha.  Tuvo lugar en una clínica privada.  El parto no progreso adecuadamente y hubo que practicar una cesárea.  En aquellos momentos sentí una cierta vacilación pero continué adelante porque todos los días nacen niños por cesárea y eso no me era desconocido, y no invalidaba las razones que me impulsaban a dar a luz en mi entorno familiar.  Eso sí, con la promesa de que ante cualquier problema iría al hospital.  Todo sucedió perfectamente natural, pero días después paseando a mi hijo coincidí con una madre que paseaba al suyo, que era algo mayor  que el mío, pero que había quedado afectado por el parto en el hospital principal de nuestra ciudad , con secuelas de una cierta importancia.

 

Es decir que vida, enfermedad, accidentes y muerte forman parte de nuestra existencia y no hay que obviarlos desde luego pero tampoco dejar que el temor dirija nuestras vidas y acciones.  Hay que saber poner cada cosa en su lugar.

 

El nacimiento de mi hija sucedió de la misma forma. Todavía más fácil y tranquilo.  No tuvimos que intervenir de ninguna forma, no necesité episiotomía y terminó sin ninguna fatiga para mí, de manera que pude andar hasta el cuarto de mi hijo de dos años y tomarlo en brazos y traerlo a conocer a su hermanita.  Al día siguiente podía hacer vida completamente normal y sólo tomé las precauciones que aconseja la prudencia y el sentido común.

 

No hago proselitismo de mi decisión y siempre he respetado las voluntades de cada familia que busca la mejor de las soluciones para sus vidas. Y con ese respeto es con el que creo que se debe tratar a las personas sin acosarlas ni criminalizarlas porque tomen caminos diferentes a los mayoritarios, aunque corran riesgos que por otra parte en un hospital tampoco pueden evitarse completamente.

 

Creo firmemente que la opción de nacer en casa, después de haber pasado los controles médicos y cuando las condiciones lo aconsejen, puede ser válido y que hay profesionales muy bien formados que pueden acompañar en los partos de forma adecuada.

 

La libertad de hacer algo que también es adecuado y correcto creo que debe ser respetada.

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