Hace 3 años recibí una llamada, era Ariadna, doula afincada en Zaragoza, que tenía interés en lograr que todas las doulas de Aragón nos juntáramos e hiciéramos piña. Por eso me llamaba, yo tenía una web distinta a ésta, en la que me anunciaba como doula.

En aquel momento no consiguió su objetivo, pero decidí ir a verla a su casa y así ponernos cara, hacía pocos meses que había dado a luz a su hijo Lorién por cesárea, tras intentar un parto en casa que acabó en traslado hospitalario.

Estuvimos una tarde entera hablando de muchas cosas, y acabó diciéndome que para su próximo hijo pariría conmigo. Recuerdo que le dije: centrate en tu puerperio, en tu lactancia, en tu bebé y en sanar esa cicatriz que tanto te duele.

Nadie como una madre que ha pasado por una cesárea para entender a otra, sobre todo, cuando ese resultado es el último que te esperabas. Cuando tu expectativa se rompe de forma tan fuerte, el dolor, la desconfianza en una misma, en el cuerpo, en tu bebé, en la capacidad de ambos para parir y nacer… Lo que sucede, deja una huella que impregna hasta la última célula de tu cuerpo.

Volvimos a vernos en varias ocasiones para sanar esa cicatriz, para llorar juntas, para compartir ideas y sueños… Y así, hasta hoy.

Hace unos meses me llama para decirme: “Laura, estoy embarazada!!”

Le pregunto: “¿de cuánto estás?”

Me contesta: “de 9 semanas, ve preparando, que quiero parir contigo”

Le digo: “jajaja, para el carro mujer, que aún te quedan 8 meses, a ver cómo va yendo todo”

Las ganas que tenía Ariadna de parir sólo podemos entenderlas, las que hemos pasado por lo mismo, es como estar años preparándote para subir el Everest y de pronto encontrarte en la ladera de la montaña, a punto de iniciar el ascenso.

Y así fuimos viéndonos en consulta, haciendo la historia clínica, recopilando información, viendo pasar las semanas y los meses con tranquilidad.

Y de pronto, recién comenzada su semana 37 (momento en que yo inicio mi guardia), me entra el síndrome de nido de la matrona de parto en casa: me pongo a preparar el material como una loca, mando esterilizar el instrumental, ordeno los documentos, imprimo el partograma, repaso su historia clínica, repongo la medicación, reviso que haya de todo…. Y pienso: me estoy volviendo loca innecesariamente, porque ésta mujer no tiene ni un signo de ponerse de parto, aún le quedarán semanas por lo menos.

Pues no, mi intuición ha funcionado como un reloj y esa misma noche su marido me llama, que ya han empezado las contracciones (estamos en la madrugada). Qué ilusión, qué ganas de verla dilatar, de verla parir, de verla atravesar cada obstáculo, cada fase. Y qué privilegio estar acompañándola.

Cuando las contracciones son regulares llamo a mi compañera Ariana que baja a Zaragoza como siempre, presta y veloz, con una fe que mueve montañas y que nos sostiene a todos bajo su paraguas de amor.

No le hago tactos, se que todo va bien, pero llega un momento, en que siento algo que he sentido con todas las mujeres que he acompañado con una cesárea previa. Es una percepción para la que no tengo un estudio, es un sentir personal, intuitivo, empírico y subjetivo. Pero que yo también sentí y que no encuentro documentado por ningún sitio (si alguien lo ha leído en otro lugar, por favor, que me envié referencias). Y es un hecho que influye notablemente en el acompañamiento psicosocial de una mujer de parto con una cesárea previa. Tras haber pasado por una cesárea, tu mente, tu cuerpo, todo tu ser se queda con la sensación de que es imprescindible una mano externa, profesional, que te ayude a parir, porque sin un profesional, tú no puedes (seguro que habrá mamás que hayan parido vaginalmente tras una cesárea que opinen distinto, me encantaría que me contarais vuestra experiencia). Me refiero a una huella que no es consciente, es inconsciente, y sale en el momento del parto. A veces bloquea más y otras bloquea menos, pero noto cómo hay algo que no permite a la mujer avanzar y tiene que ver con ella misma. Y es con éstas mujeres con quienes de pronto me pongo virtualmente la bata, me coloco los guantes y le digo que la voy a ayudar a empujar (soberana chorrada en la que no creo, las mujeres empujamos perfectamente solas, pero mentalmente nos ayuda), que se coloque en determinada posición, que todo va a mejorar. Y de pronto su actitud cambia, abandona su queja, se pone alerta y confía en mi voz, cree que me necesita (ya habrá tiempo de asegurarle que no me necesitaba para nada, que eso era una creencia suya). Y el resultado es que tras varias horas empujando, Acher nace en 20 minutos, en los que recorre todo el canal de parto. Ariadna ha recuperado la confianza y recoge a su hijo junto a Carlos, su pareja, que está detrás de ella llorando a mares.

Lloramos todos los presentes, incluida yo, que no puedo más de la emoción, me encanta ver parir a mujeres que han pasado por una cesárea previa, es mi adicción, cada uno con la suya.

Gracias Ariadna por confiar de nuevo en que puedes y en que tus hijos pueden, qué fuerza la tuya mujer.

Gracias Carlos por ser quien fuiste aquel día, una roca, sostén de Ariadna y motor de amor hasta el final, sin dudar ni un segundo de la capacidad que ella tenía de parir.

Gracias Acher por elegirnos a todos aquel día maravilloso.

Gracias Lorien, sin tu llegada, seguramente, yo no habría visto nacer a tu hermano.

Gracias Ariana, por todo, por tu puntualidad, tu compromiso, tu conexión, tu 100%, tu fe en mi y en mi trabajo. Te quiero.

2 Comentarios

  1. Elena-Responder
    25 octubre, 2018 at 1:59 pm

    No tengo palabras para definir la importancia de tu labor, el simple hecho de “estar” y de saber, de una manera u otra comunicarte con la mujer de parto y con su cuerpo, saber cuándo fluye y cuando no fluye, con o sin estudios detrás. A veces quiero tener otro hijo sólo para volver a parir (y a estar embarazada, todo sea dicho), a parir en intimidad, a parir contigo y con Ariana…
    Qué ilusión leer el parto de Ariadna!!!

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