Jessica vino a mis clases prenatales y posteriormente a mis talleres posparto, acudí a su domicilio para atenderla en sus dificultades de lactancia y estuvimos bastante tiempo en contacto (y seguimos). Aprendí de ella que hay mujeres con una fuerza dentro descomunal (que yo misma no tendría) para sacar adelante lactancias sin tirar la toalla. La admiro profundamente. Tras pasar meses de calvario, decidió escribir su relato y mandármelo para que pudiese publicarlo. Gracias Jess

REFORZANDO LA CONFIANZA Y SANANDO EL LINAJE MATERNO

Una historia de lactancia difícil

Reforzar la confianza en una misma, en el propio cuerpo y en las capacidades de una misma no es una historia bonita de sentimientos de euforia y superación personal; más bien al contrario, es una lucha íntima con lágrimas, miedos oscuros y sangre. Es una batalla propia con raíces en el linaje familiar y anclajes en el sustrato social del patriarcado.

Me costó casi seis meses sacar adelante mi lactancia. En el hospital, nada más nacer mi hija, ya me sentí presionada por alimentarla correctamente. Pasaron varias mujeres a mirarme el pecho y tirarme de los pezones —que casi habían desaparecido tras el parto— y una de ellas me mandó a una salita a sacarme calostro con la máquina sacaleches, teniendo que dejar a mi hija en la habitación durante un rato que se me hizo interminable. Yo solo quería estar con ella, atenderla, abrazarla y que no nos separaran.

Ese sentimiento visceral aún me dura y fue el que me impidió ir a urgencias cuando tuve una mastitis a los pocos días de estar en casa. Tras la subida de la leche, con grietas, ingurgitación (los goteros del parto contribuyeron a ello), parecía cantado. Además, el bagaje familiar: mi abuela tuvo mastitis con sus cinco hijos, falleciendo el primero de hambre mientras a ella la operaban de los pechos, al mes de nacer.

No fueron fáciles esos meses. Noches de llanto —de mi hija y mío—, masajes en los pechos —recuerdo que sacábamos leche sólida de los conductos obstruidos— duchas calientes, sacos de semillas fríos y calientes, sacaleches, casi 39,7° de fiebre, temblores, alucinaciones… Más sacaleches, copas de diferentes tamaños, pezoneras para mejorar el agarre, aceite de hipérico, probióticos, discos regeneradores, pechos al aire, crema antigrietas, recolectores de leche… tuve toda la colección de productos para la lactancia. Desde luego, la LM no era para mí ni natural ni gratuita ni sencilla.

Y, al ver que mi bebé no solamente no ganaba sino que perdía peso y había riesgo de deshidratación, comenzamos a suplementar con jeringas con leche materna, gota a gota, y después, cuando pedía más y más, de leche de fórmula. Y entramos en una nueva pesadilla tras la mastitis: más sacaleches para estimular, y apuntar el rato que mamaba de cada pecho, cada cuánto, lo que bebía en jeringa gota a gota, etc. Y continuamos con nuestras valiosas visitas a asociaciones de lactancia —la primera a los seis días de dar a luz—, matronas que venían a casa —mi estado mental me impedía salir con seguridad, encerrada mientras intentaba alimentar a mi hija—, pediatras expertos en lactancia, grupos de apoyo de madres, llamadas a asesoras de lactancia, visitas y llamadas de amigas madres lactantes, mi pareja y sus masajes —a mí me dolía demasiado para sacarme leche de manera manual—… todos ellos me daban estupendos consejos y me ayudaban, pero mi estado era de absoluto terror.

 

De noche, sin dormir, veía una silueta cadavérica sobre la de mi hija, y me acordaba del bebé de mi abuela, sentía el miedo y el dolor de una madre primeriza que no controla su lactancia, e imaginaba su terrible dolor al separarse y perderlo. Recibí más ayuda de pediatras, matronas, madres y asesoras. Y después, a la desesperada, viendo que mi bebé tomaba más fórmula que pecho, utilizamos el biberón. Y entonces empezó a rechazar las pezoneras, y al tiempo a rechazar mis doloridos pechos. Para no perder la producción de leche, recurrimos al relactador, pero me llevaba unas 15h diarias alimentarla, apretando del tanque para que saliera leche porque se quedaba dormida al minuto de succiona —calculé que tomaba 1ml por minuto—. Todo giraba alrededor de la alimentación y no podíamos ni salir de casa prácticamente.

La matrona Laura me hacía un seguimiento diario en el que yo le indicaba cada día cuánto había bebido y cuánto rato habíamos estado al pecho. Viendo mi estado de angustia, y que mi hija había comenzado a rechazar el pecho —lógicamente, teniendo en cuenta que me producía ansiedad el dolor de dar de mamar con grietas—, y que casi no sacaba nada con el sacaleches —tan apenas cubría el fondo del vaso— me dijo que sopesara si merecía la pena continuar así. Al día siguiente, agotada, decidí dejar de luchar (y sufrir), porque no podía ni salir de casa y mi hija tenía ya dos meses, y subir al trastero el relactador y la almohada de lactancia, así como el resto de la cacharrería que había ido adquiriendo.

 

Le daría biberón para alimentarla y la pondría al pecho para mantener algo del vínculo emocional, y porque las dos lo necesitábamos, sobretodo yo. Lloré mucho esos dos días. Y seguí poniéndola al pecho como gesto de amor, y sacándome leche tres veces al día para darle al menos un biberón de mi leche… Y mi hija fue cogiendo peso, y yo respiraba aliviada. En la revisión, la pediatra me dijo: “Aunque sea poquito lo que le des de tu leche, es algo, y eso siempre estará bien”. Y todo eso me relajó, y producía un poco más de leche. Y así llegamos a los tres meses, con lactancia mixta, aumentando poquito a poco la lactancia materna. Y cada semana que aguantábamos —ya sin presión— era una semana más. Curiosamente, mi bebé sólo cogía ya el pecho derecho, y me llevó mes y medio hacer que cogiera el pecho izquierdo de nuevo. Fui a una fisioterapeuta que me dijo que todo estaba bien, y me dijo que igual se debía a algo emocional. Me autoanalicé, probé diferentes posturas y poco a poco fue enganchándose a ese pecho. Volvimos a pasar, en cierto modo, con el inicio de la lactancia: leve ingurgitación del pecho izquierdo, de nuevo grietas en ese pezón… me volvieron ciertos miedos pero atenuados, y pude superarlos con mayor seguridad.

 

Y llegamos a la revisión del cuarto mes, donde me confirmaron lo que yo ya veía: “Está muy bien de peso”. Y pensé: ¿y si intento quitarle más suplementos de leche artificial? Hay margen, y por probar no pasa nada. Mi marido me animó a intentarlo sin presión alguna. Así que me animé.

Había pensado mucho en mi lactancia durante esos meses —mis sentimientos, errores, posibles mejoras, etc.— y sentí que debía sanar el comienzo. A 1600km de casa, le llevamos un biberón de leche de fórmula mezclada con unas gotas de mi leche y unas flores al bebé de mi abuela, dos días antes del 77 aniversario de su muerte. Lo hicimos como gesto sanador y de agradecimiento por sus enseñanzas hacia ese bebé, y también por todos los demás, los que fueron amamantados por sus madres, los que no pudieron, los que fueron amamantados por otras mujeres, y también lo hice por las madres que no pudieron amamantar, como mi abuela, y por las que amamantaron a bebés de otras personas, o incluso a animales—conozco un caso—, e incluso por las que no quisieron —porque a veces la lactancia es esclavitud, como para muchas amas de leche, y para muchas mujeres, sobre todo las que sufren por ello, es un enorme sacrificio—, así como por las que tienen que dejar pronto la lactancia para incorporarse al mundo laboral, o por motivos de salud o de otro tipo.

Porque la lactancia no es un camino sencillo y único. Hay muchas maneras y voces e historias, todas válidas, todas dignas de ser escuchadas. Todas ellas  ricas en sentimientos y aprendizaje.

Yo volví del viaje sanador satisfecha y más segura, y mi hija con unos gramos menos, pero habiendo tetado en gasolineras, arcenes, museos, bosques, restaurantes, en cementerio… —lo que la hizo crecer y confiar— y tomando solo 60ml de leche de fórmula al día. Biberón que suprimimos hace unos días, comenzando por fin nuestra lactancia materna exclusiva, justo antes de emprender con la aventura de la alimentación complementaria. Hoy, viendo que ha perdido más peso, pienso que igual hay que volver a darle algún biberón de leche materna o incluso de leche artificial para que continúe en su peso adecuado, pero intento no agobiarme. Pienso en todo lo conseguido, que es mucho.

Escribo todo esto con mi hija Elin dormida al pecho, consciente de que el éxito está en nuestro camino, en el aprendizaje y en la confianza mutua adquirida. La inseguridad no se pierde, se combate. Para mí, y para Elin, merece la pena el camino de lucha. La lactancia materna no es un fin para nosotras, sino una manera de vivir: con flexibilidad, autoconfianza y tesón… y buena compañía.

Por todo ello, quiero expresar mi profunda gratitud a todos los que nos ayudaron, porque esto no se consigue en solitario: a Elizabeth y Johann, a mi marido Mario, a la matrona Laura Sola, a la tribu de Patricia, Iris y Amaranta, a la Asociación Vía Láctea, al pediatra Dr Lasarte, a la doula Teresa, y sobretodo a Elin por confiar en mí y luchar como lo hace.

 

Gracias de corazón.