MANIFIESTO DE UNA MUJER QUE MUERE Y VUELVE A NACER CON SUS HIJOS

Antes de mi primer embarazo no me había cuestionado la manera en que nacemos los seres humanos, para mi los partos podían ser fáciles o difíciles, sin más.

Escuché tantas historias de partos, mujeres relatar sobre sus cesáreas, asegurando que ellas no dilataban y hacer bromas de que por lo menos aún tenían la vagina «intacta». Otras, comentar que por suerte habían llegado a
tiempo para la epidural…

No escuché a ninguna mujer decir que su parto había sido feliz, tranquilo.

Los adjetivos a usar eran rápido, lento, doloroso, terrible, difícil o fácil.

Mi propio nacimiento era catalogado por mi madre como “el más difícil de todos”. Ahora entiendo que “difícil” significó forzado, violento, no respetado.
Mi primer embarazo fue inesperado, yo no planeaba ser madre a los 28 años. Tener hijos era algo que no había calculado aún, menos un parto. Quizás fue la linea de partos naturales y no intervenidos de la familia de mi compañero, o algo en mi propia naturaleza, lo que me hizo asumir desde el primer momento que pensé en el parto, que este sería lo más natural posible. Me aferré a mi sangre mapuche (pueblo indígena originario de la zona de la Araucanía – Patagonia chilena), la que me daba confianza en que mi cuerpo sabría parir, que mis ancestras más antiguas lo hicieron lejos de hospitales y pudieron.

En mis genes latía la información ancestral de como dar a luz. Sin embargo tenía miedo, mi familia también, estaban aterrados. Yo sería pionera en esta forma de parto tras tres generaciones de mujeres que entregaron sus
cuerpos y voluntades a lo que dictara el centro hospitalario y el personal médico de turno. Anestesiaron sus seres completos, incluyendo sus corazones heridos, total, lo único importante era que el bebé viviera, el parto era un mero tramite al azar del momento. El nacimiento por lo visto en sus relatos, empezaba una vez que les daban el alta y volvían a sus hogares.

Yo no quería eso, lo tenía claro. No quería dejarme dominar por un sistema paternalista y autoritario.
Quería dejar a mi cuerpo responder sabiamente al dolor.

Mi primera hija:
Buscando matronas para parir en casa, llegó a nosotros la invitación de conocer un hospital de Cataluña en el que llevaban años trabajando en pro de los partos naturales. Nos decidimos fácilmente por este sitio al conocerlo, era sin duda encantador. Las habitaciones con colores cálidos, sábanas de colores, cuarzos, imágenes de la naturaleza, silla de parto, pelota, bañera grande… Podíamos llevar nuestra ropa, comida y música. Firmé mi propio plan de parto. Todo estaba en orden, mi familia estaba tranquila también, ante cualquier complicación habría ayuda. Pero el día del parto toda esa belleza se desmoronó. Todo iba de maravilla, nos acompañó una dulce y discreta matrona que nos dejó casi todo el tiempo a solas. Dilaté completamente en la bañera al amanecer coincidiendo con el cambio de turno y el inicio de la jornada de trabajo normal del hospital. Salí de la bañera con ganas de empujar y al sentarme en la silla de parto, la encantadora matrona me informó que tenía que irse, que ya hacía una hora había acabado su turno y me presentaba a su compañera que la sustituía con la salida del sol, la que me observaba desde un taburete en completo silencio. Según entraba la luz en la habitación, empezaron los ruidos y olores de la calle, entraba olor a tabaco por alguna ventana, los teléfonos sonaban sin parar, personal del hospital entraban y salían de mi habitación preguntando todo tipo de cosas ajenas a mi parto. La mente empezó a gobernar mi ser, con todos estos estímulos e interferencias. No podía creer que fuesen tan irrespetuosos conmigo, estaba completamente desnuda con las piernas abiertas justo delante de la puerta.

Empecé a desconectar de mí misma, el dolor me parecía cada vez más insoportable, mi respiración se descontrolaba y la impotencia de no estar cómoda con tanta luz, olores y ruido, me hacían gritar como signo de expresión, de rabia. Fue así como perdió mi parto su camino y las horas empezaron a pasar en ese reloj gigante, que descubrí que existía en la pared de mi habitación con el amanecer. Mi bebé y yo estábamos agotadísimas, me apetecía un café, algo para despertar, pero no lo pedí, quería beber agua, no más zumos de fruta (era lo único que teníamos para beber) y tampoco la pedí. Sentía que al verbalizar mis deseos, más desconectaría del parto, quería volver a ese trance animal y silencioso que viví por la noche. Al controlar el ritmo cardíaco del corazón de mi hija, vimos que éste se enlentecía. Llamaron al ginecólogo enseguida y a los minutos de llegar, tras practicarme una episiotomía y subirse una enfermera a mi abdomen, nació Inara, mi hija. No alcanzó a estar en mi pecho ni un minuto, le cortaron el cordón umbilical enseguida, aun latiendo y se la llevaron. Mi compañero fue con ella por suerte, querían meterla en una incubadora, por sus 2,5 kg, él no lo permitió. El hecho de que sus latidos hubieran descendido era signo de sufrimiento fetal y querían analizarla bien, controlar que todo estuviera en orden, esa era la explicación para tanta prisa. La escuchaba llorar en otra habitación, me quedé sola con la piernas abiertas, aun posadas sobre el metal, recién parida, sin mi bebé y con el corazón destruido.

¿Por qué se habían llevado a mi hija y no la revisaron junto a mi?

¿Por qué tardaban tanto en traerla?

¿Por qué no me opuse y defendí mi derecho de tener a mi cría junto a mi?

Al rato volvió la matrona, forzó la salida de la placenta, sin decirme lo que hacían, y sin preguntarme, la tiraron a la basura. Luego me avisó de que me pondría anestesia local para coserme. Al empezar el procedimiento, me di cuenta que no había colocado suficiente anestesia, me dolía muchísimo, sentía la aguja entrar y salir de mi carne, el dolor del metal frío traspasándome. Le dije esto y ella me regañó por quejarme. Siguió cosiéndome mientras yo lloraba. ¿Por qué no insistí en que me dolía?

¿Por qué no la puse en su lugar al regañarme?

¿Dónde estaba la mujer fuerte que soy?

¿Dónde quedó la guerrera que hace defender sus derechos?

Me sentí pequeña y sumisa, atropellada. Mientras me cosían, llegó mi compañero con la bebé en brazos, me la pasó en seguida, pero no pude sostenerla del dolor que sentía con los puntos que me hacían. Tuve que volver a dársela, aun anhelando tocarla, protegerla… Tuvimos que pedir el alta voluntaria para salir de las manos de los pediatras, que alarmados nos amenazaron con quitarnos el derecho a salud por no ser responsables con el bajo peso de nuestra hija, ellos querían seguir midiendo glucemias cada tanto, tomándome la presión y todos los procedimientos que tocaban. Logramos salir, íbamos felices, atrás quedaba todo mientras se cerraban las puertas del hospital y me subía al coche
con mi bebé en brazos, ya eramos libres, el bebé era nuestro. Sin embargo la herida quedó silenciosa en mi ser, se fue camuflando tras la ocupación de cuidar del bebe y de mí misma, se fue destiñendo el dolor, convirtiéndose en una anécdota donde yo empecé a afirmar que el bebé pudo haber nacido en casa sin ningún problema, que no me habían medicado por lo menos. Dejé de comentar la historia con todos sus matices, se resumió en un “nació por parto
natural en un hospital, me hicieron episiotomía y nació la bebe”, pero me dolía silenciosamente, me dolía el corazón y mi ego, herido de no haber podido parir sola, la india en mí no pudo.

Mi segundo hijo:
Dos años después tomamos la maravillosa decisión de volver a ser padres. Así quedé embarazada de mi segundo bebé. Con la llegada de su luz a mi vientre, volví a sentir vivamente los recuerdos del embarazo y parto de Inara, tanto los bellos como los dolorosos.
Mientras me crecía el vientre, se volvían a abrir las estrías anteriores, lo que metafóricamente me mostraba lo mismo que ocurría en mi corazón.
Esta vez se sumaba a mi convicción de que las mujeres podemos parir naturalmente, el hecho de que quería que mi bebé naciera en casa, no en un hospital con sus normas y protocolos. Afinando el propósito, la casa debía estar cerca de un hospital, así también yo estaría más tranquila durante el parto. Busqué prontamente a la matrona que nos acompañaría: Laura Sola, su contacto llegó a mí a través de una amiga.
No tenía grandes expectativas en mi matrona, me interesaba que fuese amorosa y conectara con nosotros. Pero ella insistía en que teníamos que vernos en varias ocasiones, a mí me parecían demasiadas, pero ella de carácter fuerte y decidido, fue clara en que así trabajaba ella y teníamos que asumir eso. Aceptamos.

Primera cita

Me encontré para mi sorpresa con una mujer preciosa, joven, de pelo rubio rizado, el que caía mojado y un cuarzo en su pecho. Yo me esperaba una mujer mayor, con aspecto maternal y me encontré con una chica de mi edad. Al iniciar nuestra conversación ví que sus pocos años no decían nada, esta mujer era muy vieja, muy sabia. Fue preguntando las cosas obvias que me esperaba (parto anterior, antecedentes míos y familiares de
enfermedades, peso, presión arterial, lo típico), pero ella fué mucho más allá, se metió en lo más profundo de mi ser, hablamos de mi propio nacimiento, de mi infancia, mi madre, mi vida emocional, me desnudó el alma poco a poco, con la mirada atenta, tierna, comprensiva. Me revolvió tanto por dentro, que me quedaba días y días pensativa, buscando la manera de sanar o arreglar todas esas cosas que tenía dentro, que recordaba o con su ayuda lograba ver. Ella me reveló la gran verdad de que todo lo que tenemos sin sanar, todo lo vivido y heredado de nuestros linajes femeninos, explota en el parto, que se nos desfragmenta el alma y podemos volver a soldarla bien o seguir viviendo con un caos de trozos dentro nuestro, que tenía frente a mi la gran posibilidad de sanarme y de parir con el alma tranquila a mi bebe, así él nacería en calma.
Se me llenó de valentía el corazón, tenía tanta razón, era justamente esa sensación la que cargaba conmigo desde mi parto anterior, de ir por ahí con el alma a trozos. Fue así como tuve que hablar cosas con mi madre, reconciliarme con mis abuelas muertas, sanar mi propio nacimiento con un temazcal, pero la herida del parto de mi hija se abría cada vez más, no veía como sanar esto. Fue cuando conocí a mi Doula: Ariana. Otra mujer joven y bella, observadora cual felina. No perdía detalles de mis palabras, ni de todo lo que nos rodeaba. Veía sus ojos moverse finos, como si grabara una imagen perfecta del lugar, de las personas, de mi casa, mientras sus oídos no perdían el sonido de mi voz. Al escuchar describir su trabajo como Doula, vi su mirada llena de decisión, mientras me hablaba de su rol de proteger. Sobre todo a los bebés y a los niños que acompañan el parto. No es raro que el mundo sea violento y temeroso, si nacemos saboreando eso mismo. Tras hablar sobre el parto de mi hija, me preguntó cómo pensaba sanarlo. Me quedé en silencio unos segundos, le respondí que con el temazcal vivido, escribiendo y con el tiempo… Pero sentí que había algo más que faltaba, mi respuesta no era del todo sincera. Las palabras de Ariana se quedaron toda la noche en mi cabeza mientras me parecía que mi bebé se movía menos que otras noches.

¿cómo iba a sanar el parto de mi hija? ¿qué responsabilidad tuve yo en ese suceso? ¿quién era yo en esos tiempos? ¿Quién era yo ahora? ¿Qué objetivo tenía yo en este futuro parto? ¿Qué había cambiado?

Y como si un claro de luz inmenso iluminara mi difusa mente, comprendí la vivencia. Mi ego, mi enorme ego buscó demostrarle al mundo mi fortaleza, callar la boca de todos los que tenían miedo, incluyéndome. Que todos reconocieran en mí a la guerrera de sangre indígena. La vida me cambió los planes para enseñarme que no es el ego
el que mueve la fuerza de un parto, es la humildad. Qué distinta era yo ahora, nada de eso sentía ahora. El objetivo sincero que salía del fondo de mi alma con toda su fuerza, era simplemente que mi hijo naciera en paz, aceptando también con humildad la posibilidad de recibir ayuda de un centro hospitalario. Lo que ocurriera, sería para que yo siguiera creciendo como mujer y seguir liberándome de toda la violencia que han vivido mis ancestras. En mis manos y en mi pecho estaba la posibilidad de elevar mi consciencia, y con esto, permitirle a mis hijos nacer y vivir en calma. Qué necesario fue vivir ese parto en ese sitio, qué agradecida me sentía. Si mi hija hubiera nacido sin ayuda, mi ego se hubiera alimentado y mi conciencia no hubiera llegado al punto que está hoy. La vivencia era necesaria, algo en el universo me sonreía. Y esa herida que sangraba, se convirtió en un camino que ya no dolía, la experiencia me guiaba.

El parto

A los pocos días mi hijo empezó a avisar su llegada, moviéndose menos por las noches y creciendo en mí la intuición de que no pasaría de la próxima luna nueva (la luna de mis menstruaciones). Todo esto cobró sentido cuando parte del tapón mucoso se desprendió y las contracciones de prueba empezaron a intensificarse sutilmente. Mis parteras también intuían que el bebe vendría pronto. Así fue. A la media noche de un domingo, las contracciones empezaron a tomar una frecuencia cada 10 o 15 minutos, a momentos parecía que cogían ritmo, pero luego se distanciaban. Llamé a mi matrona y ella me preguntó qué intuía yo. Le respondí sinceramente que sentía que estaba de parto, pero que aún faltaban muchas horas. Me aconsejó dormir todo lo que pudiera, descansar era fundamental. Pero no pude, no toleraba las contracciones tumbada, me tenía que levantar y llevar la cadera hacia atrás para sobrellevarlas mejor. Esto hizo que no durmiera en toda la noche. Asumimos con mi compañero que con el amanecer el parto se detendría, tal como en un primer parto (este duró 30 horas, empezó por la noche, se detuvo por la mañana y volvieron las contracciones al anochecer, naciendo la bebé al medio día). Pensamos que el bebé nacería lo más seguro la siguiente noche. Laura y Ariana llegaron por la mañana. A pesar de nuestro pronóstico, las
contracciones no cesaban y seguían el mismo ritmo de 10 a 15 minutos. Ellas estaban preocupadas por mí, tenía que descansar, parir requiere mucha energía y fuerza. Mi hija de 3 años ya revoloteaba a mi alrededor desde las 7 de la mañana. Laura entró conmigo a mi habitación y puso orden en mi hogar. La energía de la pequeña no ayudaba, yo necesitaba descansar y estar tranquila. Ariana se llevó a la nena de paseo y mi compañero partió a llamar
a su hermana para que viniera ya a cuidar de ella y llevársela por ahí cerca. Al quedarme a solas con mi matrona, me miró seria pero serena y me dijo que mi parto tenía las características de una primeriza, que no parecía un segundo parto

¿ Había algo en mí que me estaba limitando? ¿Miedo? ¿Preocupación? En ese momento sentí que todo estaba bien, que mi cuerpo era de partos lentos al parecer. Ahora entiendo que el que mi hija estuviera cerca, sin quien se hiciera cargo de ella, hacía que mi parto no se desencadenara y se mantuviera en un estado de pre-parto constante, o estancado, por así decirlo. Necesitaba a mi compañero conmigo, por lo tanto alguien tenía que estar con ella. Esa persona era mi cuñada, pero tardaba en llegar. El que mi hija estuviera cubierta, lejos de la casa, pero cerca para estar apenas naciera el bebé, era el pensamiento que me acompañó toda esa noche y esa mañana. Laura me aconsejó recibir las contracciones acostada poniendo muchos cojines entre mis piernas, debía descansar, lo difícil aún no llegaba e iba a necesitar todas mis fuerzas. Me aconsejó recibir el dolor en cada respiración, ser un canal y dejarlo salir por entre mis piernas. Qué tranquila me quedé al saber que mi hija estaba con Ariana, ellas dos habían conectado hermosamente desde que se conocieron. Me tumbé en la habitación a oscuras, Laura había cerrado todas las contraventanas para que yo intentara dormir. La oscuridad absoluta me supo como una caricia en todo mi ser. Mi compañero apareció y se tumbó conmigo, pero esta calma y oscuridad que recién saboreaba me invitaba a estar sola y conectar conmigo misma. Me dejó a solas.
Visualicé una luz blanca entrando por mi nariz en cada inhalación, empujando el dolor a salir entre mis piernas suavemente al expirar. Perdí la noción del tiempo, no sabría escribir ahora si las contracciones eran seguidas o no. Simplemente sentí y recibí cada una, como un paso adelante para el reencuentro con mi bebé. De pronto, fuertes ganas de ir al baño me invadieron. Llamé a Laura, la que estaba descansando fuera de mi habitación en un sofá, vino enseguida. Me dijo que seguramente era la cabeza del bebé, le insistí que quería hacer caca y fuimos al baño, pero antes de levantarme, otra contracción me detuvo. Esta vez, intensas ganas de empujar llevaban mi cuerpo hacia abajo, me tuve que levantar. Duré poco en el baño, no salía nada y quería volver cuanto antes a mi refugio de oscuridad, a pesar de que Laura me había comentado que me sentiría muy a gusto sentada en el baño. De vuelta en la habitación, me volví a tumbar, ella me preguntó si quería estar sola, le pedí que se quedara. Tomó mi mano suavemente, casi sin tocarme. Sentí en su piel la confianza de una amiga, la complicidad de una hermana, la protección de una madre y el calor de una abuela. Qué bien me hizo sentir su mano diciéndome que aquí estaba en esta hermosa y amigable oscuridad, que me cuidaba. Yo era un animal en su cueva, intolerante al más mínimo rayo de luz, y mi matrona cuidaba la guarida, estaba atenta a todo lo que yo necesitara sin preguntarme, entendiendo el lenguaje de mi cuerpo. Las contracciones de pujo hicieron ponerme de pie, le pedí a ella que me revisara y viera qué tan dilatada estaba, no tenía idea si faltaba mucho o poco, ella me dijo que no era partidaria de hacer tactos, pero que estaba muy avanzada. Sus palabras me calmaron, pero dudaba de que fuera todo tan rápido en tan poco tiempo. Estaba aún mentalizada en que tenía que ser paciente y fuerte, era el gran momento, estaba de parto, eran sólo unas horas más para estar con mi hijo piel con piel, no podía agotarme, era el momento de sacar a la guerrera, a la mapuche, a la mujer que pare a sus hijos con fuerza y amor. Empecé a empujar cuando venían las contracciones, pero estaba cansada, necesitaba algo que me diera energía física, porque mental y emocional tenía muchísima. Esta vez no tuve miedo a expresarme, estaba en buenas manos, nada me sacaría ya de mi trance de amor y sexualidad. Pedí a Laura un té verde, ella salió a pedirle a mi compañero que lo preparara y avisarle (me enteré después por él) que estaba en fase de expulsivo, el bebé ya estaba por venir. Apareció él con mi té, que bebí de un sorbo, luego otra taza más. La teína corría por mi sangre dándome esa energía física que me completaba. Las piernas me dolían, probamos otras posturas, pero nada me acomodaba más que estar de pie. Era yo quien proponía cambiar de postura y Laura ofrecía alguna probando apoyada en el cuerpo de mi amado compañero. No me quedé ni un minuto en estas posturas, expresaba enseguida mi incomodidad. Esto mismo pasó con la luz, pedía a ella apartar la luz de su linterna, con la que revisaba el avance del parto a momentos y ella enseguida reaccionaba satisfaciendo mis solicitudes y haciéndome sentir muy a gusto, dueña de la situación. Estábamos en confianza, qué razón tenía ella al insistir de vernos en varias ocasiones antes del parto y compartir juntas, crear ese vínculo fue fundamental. De pronto Laura me dice: Si metes un dedo por tu vagina podrás tocar la cabeza de tu hijo.
Estas palabras me emocionaron y me hicieron saber que faltaba poco, que mi bebé nacería en casa, que tenía que empujar con todo mi amor. Toqué su cabeza suave y viscosa, agradecí en silencio a la vida y empujé fuerte. Salió la cabeza de mi bebé mientras mi compañero estaba preparado para recibirlo, toqué nuevamente su cabeza, las lágrimas salían de mis ojos silenciosas, un par de pujos más y lo di todo, en un grito salió expulsado mi pequeño, siendo recibido por las manos de mi hombre amado, su padre. Inhalé tranquila aire y di las gracias a Dios y a la Madre Tierra por permitirnos la bendición de que nuestro hijo naciera en calma. Lo posaron junto a mi vientre y abrigaron, todos reíamos, nadie nos sacaba las sonrisas, los ojos de mi partera brillaban de fuego y luz. Al poco rato avisó mi compañero a Ariana y a nuestra hija que el bebé ya estaba aquí y subieron a conocerlo. Inara lo miraba tranquila y curiosa a la vez. Si bien mi Doula Ariana no pudo estar presente en el parto, gracias a ella pude relajarme
al saber que la pequeña estaba en buenas manos y así pudo desencadenarse el parto en pocas horas. Su participación fue valiosa, porque mi cuñada llegó una hora después del parto.
La placenta nació casi a las 3 horas después del bebé. Esta vez pude verla y seguir agradeciendo a la vida por permitir la fertilidad en mi vientre, a esa placenta que dió alimento y vida a mi pequeño durante 9 lunas. Hoy esa placenta se une con la tierra bajo las raíces de un árbol, para seguir dando vida y cerrar el círculo de fertilidad y amor.
La persona que nos acompaña en nuestros partos debe estar en conexión con nosotras, conocernos o haber indagado en nuestra historia, en nuestra infancia, adolescencia, sexualidad. Porque ésta va a entrar en contacto con nuestra más profunda intimidad, con nuestro lado animal, que puede ser a ratos muy violento y muy amoroso a la vez, nos van a ver bordear la locura o adentrarnos en ella, perder el control o tener miedo, como también van a vernos guerreras, llenas de luz. Esta persona debe saber conectar sutilmente con nuestra energía y dejarnos ser las protagonistas de este momento único, místico, donde nuestra alma se desintegra para volver a nacer con nuestro bebé. Parir en calma sólo puede ocurrir si nos permitimos nuestro propio tiempo y conectamos con el dolor, con ese dolor que nos acerca a nuestros hijos.
Estoy tan agradecida de haber vivido todas estas experiencias desde el nacimiento de Inara en un hospital y el de Amaru en casa. Ellos son mis grandes maestros, quienes me empujaron a crecer, a dejar mi ego a un lado y recibir con humildad el conocimiento de la vida, la importancia de un parto respetado, que estar embarazada es un portal mágico hacia el universo, hacia nosotras mismas, nuestro vientre se convierte en una ventana donde podemos mirar todo eso que tenemos guardado y nos duele, eso otro que nos remece y alegra. Saber qué cargamos por dentro es fundamental, nos permite nacer junto a nuestros bebés en conciencia y calma, porque ya sabemos qué hay dentro, entendemos nuestro comportamiento, nuestro lado animal. Podemos dejar morir a la mujer del pasado y dejar nacer a la mujer renovada y nítida que se gestó en este proceso místico, el más importante de nuestra sexualidad.
En ésta búsqueda, he escuchado historias de mujeres que han recordado mientras parían, eventos traumáticos ocultos de su vida y otras que al encontrarse de sorpresa con estos antecedentes no han logrado conectar con su cuerpo remecido de dolor emocional y les ha interferido en el nacimiento de sus hijos. Es importante empezar la lactancia con el corazón tranquilo, será esta energía la que trasmitiremos al ser humano que mecemos en nuestros
brazos, será la base de su existencia. Tenemos una gran responsabilidad como mujeres de entregarnos la verdad y la consciencia a nosotras mismas, para poder trasmitir un amor consciente y armonioso a nuestrxs hijxs. Podemos cambiar la historia de la Tierra poniendo esta intención, haciendo lazos entre nosotras y corriendo la voz, por eso escribo este texto, por eso lo comparto contigo mujer. Basta ya de maltrato, de ignorancia. La verdad esta en nosotras, en nuestros úteros y corazones, tenemos a nuestro favor la energía femenina de la Tierra, del Agua, del Viento.

Daniela